Por
Ángela Peña
a.pena[@]hoy.com.do
03 enero, 2015 2:00 am
Cuando el régimen de
Trujillo asesinó a las Mirabal, Franklin Domínguez escribió un melodrama
“que quien lo leía lloraba”. Circuló clandestinamente y fueron
coautores Andrés Avelino, Abel Rodríguez del Orbe y Luis Eduardo
Escobar.
“…Tres cadáveres, tres ataúdes…”, rezaba, invitando al pueblo a dejar
vacíos los bares, cines y otros centros de diversión y a sacarle cinco
copias y distribuirlas. “Cayó mucha gente presa”, afirma Franklin, que
tuvo que exiliarse en Puerto Rico.
Conoció a Minerva cuando estudiaba derecho, se hicieron amigos, la
visitaba. “Era una mujer impresionante, parecía una diosa, escuchaba más
que hablaba, era preciosa, elegantísima, hermosa, muchos estábamos
enamorados de ella”, confiesa. Rodríguez del Orbe y Avelino le
acompañaban a verla en la pensión donde vivía.
Franklin sintió animadversión hacia la dictadura desde que cursó la
secundaria en la que maestros antitrujillistas “nos infiltraban ideas
clandestinas contra Trujillo”. Cuenta que cuando había desfiles y otros
actos en honor al tirano, Ángel Mieses les decía: “la asistencia es
voluntaria pero el que no vaya tiene cero en conducta”.
No obstante, fue en la universidad donde Domínguez puso en práctica
su oposición escribiendo y entregando panfletos con símbolos y consignas
antitrujillistas como: “¡Abajo Trujillo!”.
Nunca fue descubierto ni apresado pese a que entre sus amigos había
notables desafectos como Pipe Faxas, Luis Gómez Pieterz, Luis Gómez
Pérez, los hermanos Mejía Ricart y los ya citados. Entre él y Rodríguez
del Orbe, relata, había una amistad entrañable, “ellos conspiraban pero
no me envolvían a mí, sin embargo, yo estaba en lo mío a mi manera”.
Un día, estando en la azotea de Bellas Artes junto a Niní Germán y
Pepito Guerra vio al sátrapa cruzar por el malecón y exclamó: “¡Qué
fácil sería matarlo desde aquí!”. Sus acompañantes eran reconocidos
enemigos del Gobierno y fueron torturados en La 40. Mientras golpeaban a
Guerra le gritaban: “¡Toma espigas maduras!”.
Espigas maduras fue el título que le puso Franklin a una obra que
escribió contra Trujillo que se exhibió con éxito en todo el país. Se
trataba de “un padre tiránico con sus hijos, los tenía sojuzgados y
ellos se consideraban ya desarrollados para la libertad. ¡Tenemos que
acabar con el viejo!”, manifestaban.
Debía someterla primero a la Comisión de Espectáculos Públicos que
esperó un mes para preguntarle cómo era posible que los hijos quisieran
matar a su padre, sugiriéndole buscarle otra salida. La carta la firmaba
monseñor Eduardo Ross. Se declaró no apta para menores y le modificaron
una línea que decía: “30 años soportándote” por “Tantos años
soportándote”.
Fue presentada en Bellas Artes y después la pidieron con frenesí
desde los pueblos. Armando Hoepelman era el padre y los hijos eran Ina
Moreaux, Miguel Alfonseca, José Sanabia, Iván García, Guerra y otros.
“La gente salía callada, se corrió la voz de que atacaba a Trujillo
porque aquello era una agitación completa: ‘Si nos unimos podemos acabar
con él”, expresaba.
Yaqui Núñez, que aún no era famoso, se acercó a Franklin en San
Francisco de Macorís y le comentó: “La juventud de Macorís ha captado el
mensaje”.
“En las dictaduras a veces se puede decir las verdades y no pasa
nada. ¿Quién iba a pensar que el padre perverso era Trujillo?”. Sin
embargo, a los pocos días lo recibieron en Borinquen, perseguido,
Octavio Amiama, Tirso y Marcio Mejía Ricart. De ahí viajó a Nueva York
donde lo sorprendió el tiranicidio.
La silla. Franklin nació en Santiago el cinco de
junio de 1931, hijo de Nemesio Domínguez Rojas, dinámico vendedor de
seguros, y de Sofía Hernández Peña. Estudió en la escuela Paraguay hasta
sexto curso pues la familia se trasladó a la capital en 1940.
Sus hermanos son numerosos: Gonzalo, Pablo Neri, Persio, Gladys,
Doris, Mercedes, Roberto, de padre y madre, y Sócrates, Hilda y Máximo,
de padre. “Mamá los crio a todos”. Hay bohemios, músicos, bailadores de
tango, humoristas, maestros, concertistas, tenores, actores cómicos,
farmacéuticos… Algunos fallecieron.
Franklin es el más versátil y creativo. Desde niño organizaba
veladas, recitaba, bailaba. Vino al mundo con el tango: Si los pastos
conversaran/ esas pampas me dirían… “Nací con música”, declara. Con el
tiempo escribió “Bailemos ese tango”, que dedicó a Monina Solá.
En Santiago tuvo sus primeras novias. Antes de ingresar a la
universidad, donde se graduó licenciado en filosofía en 1952 y doctor en
derecho en 1955 pasó por la escuela República de Argentina, el colegio
La Salle y la Normal Presidente Trujillo.
La política y el teatro han estado unidos en su productiva vida. En
la mayoría de sus trabajos está prácticamente reflejada la historia
dominicana desde el trujillato, y esta armonía destella en su charla.
“De ahí surgió tal sátira”, expresa reiteradamente este actor y escritor
en cuyas Obras Completas hay registradas más de 80 producciones. Tiene
otras inéditas.
Descubrió su capacidad al ver una velada en el teatro Olimpia, en
1939. “Pero yo puedo hacer eso”, dijo. Desde entonces no se ha detenido
su quehacer que comparte con el amor por sus hijos Francisco Domínguez
Hernández, Franklin Ricardo y Francisca Libertad Almánzar, su nieto
Engels, cuatro biznietos y su novia Hellen Sharon White, ex miss
Wisconsin.
Imposible citar sus numerosas creaciones, muchas premiadas, pero es
obligado mencionar La Silla, primera película dominicana de largo
metraje, traducida al inglés y el francés, aclamada por un pueblo que
celebraba la libertad después del ajusticiamiento. Iba a ser un monólogo
titulado: “¿Quiénes son mis jueces?”, que comenzó a ensayar Camilo
Carrau en Nueva York.
Carrau, técnico cinematográfico, reunió amigos camarógrafos,
sonidistas, cinematógrafos y “le cambiamos el nombre por La Silla, una
especie de conciencia que acusaba, denunciaba”. Franklin escribió y
dirigió esa cinta cuyos recursos eran una silla, que conserva, un
retrato de Trujillo, algunos dibujos y el talento inigualable de Carrau.
Rebozó los cines y teatros con ese asiento que bailaba, giraba, reía,
lloraba. Graciela Villanueva de Carrau y Clark Johnson y Phil Meise,
norteamericanos, están asociados al filme.
Lamentablemente, de él no hay copia ni original. “Estuvo bien en mis
manos”, comunica, pero pasó a Cinemateca y posiblemente esté en Funglode
“en mal estado. José Rafael Lantigua se comprometió a repararla, pero
nunca he recibido respuesta”.
Franklin, un liceísta que no ejerce y un católico no práctico, es un
bienhechor criticado por “andar ayudando a todo el mundo”. Conduce su
vehículo, nada, no fuma y solo toma “tragos sociales”. No va a misa pero
reza todas las noches por las familias y la paz. Atribuye sus fuerzas y
su memoria espléndida a que “me mantengo con la conciencia tranquila y
no hago daño a nadie”.